¿Sirve el formato con 30 equipos? Ventajas y problemas reales

El fútbol argentino siempre fue territorio de debate encendido, pero pocas discusiones generan tanto consenso en su disenso como la que rodea al formato actual de la Liga Profesional. Con 30 equipos, dos zonas de 15 y un sistema de playoffs, el torneo que se juega hoy en Argentina tiene defensores apasionados y críticos igualmente convencidos. La pregunta no es retórica: ¿sirve este formato? ¿Le hace bien al fútbol argentino o lo deteriora lentamente? La respuesta, como casi todo en este deporte, no es blanca ni negra.


Cómo llegamos a 30 equipos: el origen del problema

Para entender el debate hay que saber cómo se llegó a esta situación. Durante décadas, el fútbol argentino alternó entre 16, 20 y 28 equipos según el momento histórico. La expansión a 30 equipos no fue el resultado de un plan estratégico de desarrollo del fútbol nacional; fue la consecuencia directa de una medida política que generó una de las mayores polémicas institucionales de los últimos años: la eliminación temporal de los descensos.

Al suprimir la relegación durante una temporada, la AFA permitió que ningún equipo bajara a la Primera Nacional, lo que naturalmente acumuló más clubes en la máxima categoría. Cuando los descensos volvieron —presionados en parte por la advertencia de la FIFA de sancionar a Argentina si no restituía la meritocracia deportiva —, el torneo ya tenía 30 equipos, y el formato tuvo que adaptarse a esa nueva realidad. Los dos ascensos sin descensos correspondientes dejaron una liga inflada que el sistema de zonas intenta administrar pero no siempre logra resolver.


Las ventajas reales: lo que el formato sí hace bien

Ser honesto con el análisis implica reconocer que el sistema actual tiene ventajas concretas que no pueden ignorarse.

Más partidos de alta tensión

El principal argumento a favor del formato de playoffs es que genera más encuentros decisivos a lo largo del año. En un torneo de todos contra todos, las últimas fechas suelen concentrar toda la emoción mientras las primeras son de calentamiento. En el sistema actual, cada partido de octavos, cuartos y semifinales es una final en sí misma, con eliminación directa y sin revancha. Eso produce momentos de altísima intensidad dramática que el mercado televisivo y los patrocinadores valoran enormemente, y que los hinchas viven con una adrenalina especial.

Adaptación al calendario FIFA

En un año como 2026, con el Mundial de por medio, el formato corto de 16 fechas más playoffs es la única estructura que permite pausar el torneo durante seis semanas sin que el campeonato colapse. Un torneo de todos contra todos con 30 equipos requeriría mínimo 29 fechas por zona o 58 fechas totales en un sistema de liga única, absolutamente incompatible con los compromisos de la Selección Argentina y las fechas FIFA. El formato actual, aunque nació por razones poco nobles, resultó funcionalmente adecuado para la realidad del calendario internacional moderno.

Oportunidad para los clubes medianos

El sistema de playoffs con partido único nivela las chances de manera significativa. En un torneo de todos contra todos de alta duración, la diferencia económica entre un River —con plantel de 111 millones de dólares— y un Platense —con uno de 15 millones— termina expresándose en la tabla final de manera casi matemática. En un sistema de eliminación directa, un equipo organizado, bien parado defensivamente y con un buen arquero puede ganar tres partidos consecutivos y consagrarse campeón. Platense lo hizo en el Apertura 2025, y ese resultado habría sido imposible en un formato de todos contra todos de 30 fechas.

Más ingresos para todos

Cada partido de playoffs es, económicamente, un evento aparte. La taquilla, los derechos televisivos adicionales y la exposición mediática de los cruces eliminatorios generan ingresos que la AFA distribuye entre los clubes participantes. Para los equipos de presupuesto medio que logran clasificarse a las instancias finales, esa recaudación extra puede representar una diferencia significativa en su balance anual.


Los problemas reales: lo que el formato no resuelve

Sin embargo, las críticas al sistema son igualmente válidas y, en varios aspectos, más urgentes.

El 50% de los equipos nunca se enfrenta

Este es el problema más estructural y más difícil de defender. Con 30 equipos divididos en dos zonas de 15, en la fase regular cada club solo enfrenta a 14 rivales de su grupo más dos interzonales. Eso significa que, hasta los playoffs, el 50% de los equipos del torneo nunca se cruzó entre sí. ¿Cómo se puede determinar quién es el mejor equipo del país si no jugaron todos contra todos?

La consecuencia directa es que un equipo puede liderar su zona simplemente porque el sorteo le deparó un grupo más débil. Si la Zona A tiene a River, Boca, Racing e Independiente mientras la Zona B tiene equipos de menor nivel, el líder de la Zona B llega a los playoffs con una ventaja de posición que no refleja necesariamente su calidad real. La comparación entre zonas es estructuralmente injusta, y todos los actores del sistema lo saben aunque pocos lo dicen en voz alta.

La fase regular pierde intensidad real

Una de las críticas más frecuentes —y más legítimas— es que el formato reduce el valor de cada partido de la fase regular. Si el objetivo es quedar entre los ocho mejores de 15 para pasar a los playoffs, un equipo de nivel medio puede perder tres o cuatro partidos y aun así clasificarse con comodidad. Eso genera que ciertos encuentros de la fase regular carezcan del peso dramático que debería tener un partido entre equipos de Primera División.

En el Clausura 2025, la fecha 12 dejó al torneo en una situación de “paridad total donde cualquiera puede ser campeón” que los propios analistas describieron como más caótica que competitiva. Cuando la paridad no es producto de que todos los equipos son igualmente buenos sino de que el sistema permite demasiados errores sin consecuencias inmediatas, la emoción que genera no es la misma que la de una liga verdaderamente reñida.

Reducción de partidos locales para los hinchas

Uno de los impactos más concretos y menos discutidos del formato es la reducción de partidos de local para los clubes que no avanzan a los playoffs. En temporadas anteriores, un equipo promedio jugaba 20 partidos de local por año; con el formato actual de dos torneos de 16 fechas, un equipo que no clasifica a los playoffs en ningún torneo juega apenas 16 partidos en casa durante todo el año. Para los clubes que dependen de la taquilla como fuente de ingreso —la mayoría de los 30 que compiten—, esa reducción representa una pérdida económica directa que ningún análisis oficial reconoció formalmente.

La situación absurda: clasificado y descendido al mismo tiempo

El sistema generó en 2025 una paradoja reglamentaria que ilustra perfectamente sus contradicciones internas: San Martín de San Juan quedó simultáneamente en zona de playoffs por el título y en zona de descenso por tabla anual. El reglamento debió aclarar explícitamente que un equipo en zona de descenso no puede disputar los playoffs aunque haya clasificado por posición de zona, una aclaración que no debería ser necesaria en un sistema bien diseñado. Que exista esa norma de desempate habla de un formato que no fue pensado con suficiente rigor hasta sus consecuencias extremas.

El daño a la identidad competitiva

Hay un argumento más difuso pero igualmente importante: el formato actual difumina la identidad competitiva de la liga. En las grandes ligas del mundo —Premier League, LaLiga, Serie A, Bundesliga— el campeón es el mejor equipo del año completo, sin discusión. En Argentina, hay un campeón del Apertura, un campeón del Clausura, un campeón de Liga y potencialmente un campeón de la Supercopa. ¿Cuál es el verdadero campeón? La respuesta no está clara ni para los propios hinchas.

Cuando un equipo gana la Supercopa después de haber quedado quinto en ambos torneos regulares, la narrativa del mérito deportivo se vuelve imposible de sostener. El exceso de competencias y la multiplicación de títulos no enriquece el campeonato; lo fragmenta.


La raíz económica: por qué no va a cambiar

Para entender por qué el formato con 30 equipos no va a cambiar en el corto plazo hay que ir a la raíz económica que lo sostiene. Los 30 clubes de Primera División son 30 votos en la Asamblea de la AFA. Ningún dirigente de club de primera división va a votar por un formato que implique reducir la cantidad de equipos en la categoría porque eso significaría votar por la posibilidad de que su propio club descienda más fácilmente.

El sistema político de la AFA —donde cada club tiene representación directa independientemente de su tamaño— genera un incentivo estructural para mantener la liga grande. Los clubes chicos necesitan la Primera División para subsistir económicamente; los clubes grandes necesitan los votos de los chicos para mantener el poder institucional. Es un acuerdo tácito que ninguna reforma deportiva puede disolver sin reformar primero la gobernanza institucional.

Analistas y periodistas especializados lo dijeron con claridad: “Nunca más vamos a tener un torneo de 20 equipos, al menos en los próximos diez años”. No porque no sea la mejor opción deportiva —casi todos coinciden en que una liga de 18 o 20 equipos con más fechas sería más competitiva— sino porque el sistema de poder no tiene incentivos para ese cambio.


¿Qué debería cambiar? Las reformas más urgentes

Si el formato de 30 equipos llegó para quedarse, al menos hay ajustes que podrían mejorar significativamente su calidad competitiva.

Más fechas interzonales. Actualmente son apenas dos partidos contra rivales del otro grupo. Aumentar a cuatro o seis interzonales por torneo reduciría el problema de equipos que nunca se enfrentan y haría la comparación entre zonas más representativa del nivel real.

Redistribución aleatoria de zonas en cada torneo. Si los grupos se sortean de nuevo para el Clausura, un equipo no puede beneficiarse dos veces seguidas de un grupo débil. Eso nivela las oportunidades a lo largo del año.

Playoffs con partidos de ida y vuelta hasta semifinales. Eliminar el partido único hasta las semis reduciría el factor azar y premiaría al equipo más consistente, no al más afortunado en 90 minutos más penales.

Reducción gradual a 26 equipos. Sin eliminar descensos, pero ajustando la cantidad de ascensos durante tres o cuatro temporadas hasta llegar a un número más manejable, se podría mejorar el nivel promedio del torneo sin traumas institucionales.


El veredicto: sirve, pero podría servir mucho mejor

El formato con 30 equipos no es un desastre absoluto: tiene virtudes reales en términos de adaptación al calendario, generación de partidos de alta tensión y equidad de oportunidades para los clubes medianos. Pero sus problemas —la falta de enfrentamiento entre todos los equipos, la reducción de partidos para los hinchas, la fragmentación de títulos y la pérdida de intensidad en la fase regular— son suficientemente serios como para que el debate sobre su reforma no sea caprichoso sino necesario.

El fútbol argentino tiene el talento para ser la mejor liga de Sudamérica sin discusión. Lo que le falta es la gobernanza para construir el formato que ese talento merece.